Peppa Pig

Peppa Pig se merece un altar en mi casa, ya con el niño mayor ya me supo a milagro que estuviera los casi cinco minutos que dura el episodio quieto embobado.

Y con el peque también ha sido de gran ayuda, porque ha sido su primer gran entretenimiento, y lo mejor ha sido usarlo en los viajes, ya que hasta que empezó a fijarse en los dibujitos (con 18-20 meses) era horrible viajar con él, tener que parar cada diez minutos, kilómetros llorando sin parar y mamá atacada de los nervios.

Y descubrir que con Peppa el pequeño A estaba tranquilo haciendo los viajes, nos ayudó a todos para poder viajar tranquilos y concentrados en la carretera.

También nos ha ayudado un poco con la comida, aunque dicen que los niños no deben comer con la televisión (la teoría me la sé), pues si consigo meter una cucharada más a mi hijo con fallo de medro, pues le pongo dibujitos.

Seguimos con problemas con el peso y aunque no debería preocuparme tanto ¡cómo no voy a hacerlo! soy su madre, pesa 10’100kilos, hay meses que no gana peso, incluso a veces pierde, sí, los percentiles es una estadística, puñetera, pero estadística, y para cualquier madre, el hecho de que su hijo esté por debajo del percentil 1, ya es motivo de alarma.

Pero este post está dedicado a Peppa Pig, esa cerdita que se coló en mi casa hace algunos años para M y que con A está calando hondo, ya que le entretiene y empieza a imitarla, cuando ríe, cuando llora, cuando grita, cuando abre la boca y ver que mi hijo, un niño que va a su ritmo, un poquito más lento, empieza a imitar, pues me llena de alegría, porque es un avance, vamos lentitos, pero avanzamos, que es lo importante.

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